A pesar de las pircas y los cercos, gente de las aldeas vecinas solían cruzar las fronteras sin permiso, para cazar y quizas invadir las tierras de cultivo. Así empezaban las guerras.
Acostumbraban ir al combate con el rostro pintado, mitad negro y mitad rojo.
Las armas eran de piedra. Con ellas hacían bolas de boleadoras, cuchillos, cabezas de mazas, puntas de lanzas y de flecha y proyectiles para honda.
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